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miércoles, 7 de enero de 2015

DIVORCIO A LA SUMERIA

Para los sumerios el matrimonio no presentaba las connotaciones religiosas que tiene en nuestra cultura judeocristiana. Si bien es cierto que alguien del clero asistía a la ceremonia de la boda, su labor era más bien la de un “notario”, en suma, la de alguien que pudiera dar fe del acto realizado. El matrimonio era un contrato civil, y para los cabezas negras implicaba la formación de una especie de “unidad de producción familiar” al servicio del estado.

Aunque sabemos de casos de matrimonios por amor,  la mayor parte eran concertados por las madres o, en su ausencia, por las hermanas.  Estaban muy bien vistas las parejas elegidas por una hermana, pues se la consideraba la confidente de su hermano. Los sumerios veían el sexo como algo necesario y obligatorio, por lo que antes de la boda, la futura pareja tenía que pasar por unos meses de convivencia, en el hogar de los suegros y bajo la tutela de la madre del novio, y en esa convivencia se incluían las relaciones sexuales.  Si en esos meses la pareja no congeniaba, el contrato matrimonial podía romperse.

En la ceremonia de la boda había dos partes muy importantes. Una de ellas consistía - cómo no - en pagar los correspondientes impuestos al templo y al recaudador. Otra era más curiosa: en ella el novio, ante los testigos, colocaba en el dobladillo del kaunake de la chica una tablilla. En esa tablilla iba especificada la dote, y esa dote era de la novia. 

Sabemos que, en tiempos arcaicos, en Sumeria se practicó tanto la poligamia como la poliandria, pues ambas fueron abolidas al principio de la II Dinastía de Ur. La poligamia volvió con los años.  Y aquí llegamos al momento en que una pareja, después de un tiempo, veía que la convivencia no era posible.  El marido podía divorciarse sin pedir permiso a la mujer. Esta, en cambio, solo podía hacerlo si el marido estaba de acuerdo.  Esta medida parece un tanto autoritaria y patriarcal, y en cierto sentido lo es, pero tenía una razón de ser muy práctica. Y es que en el momento del divorcio, y ante testigos, el marido cortaba el dobladillo del kaunake de su esposa para indicar que el matrimonio quedaba disuelto.  ¿Y por qué cortaba el dobladillo? Pues porque la recién divorciada se largaba con su dote íntegra, y no solo con la dote, sino con todos aquellos bienes que se hubieran ganado gracias a la inversión de la misma.  Las leyes, por tanto, otorgaban al marido el derecho de divorcio, pero la mujer no quedaba desamparada, económicamente hablando.

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